2003

Primer acto.

En octubre de 2003 comenzó a rodarse entre Medellín y Ríonegro un guión para mediometraje que desde el papel se sabía que ni siquiera iba a ser una película clase B, pues lo único escaso no era el presupuesto, sino todos los demás recursos que acompañaban la producción. Esto hacía que el corte final, sin que se hubiera rodado siquiera el primer plano, ya fuera un paupérrimo film de serie Z.

Era una película de estudiantes. La preproducción había comenzado dos meses atrás en los corredores y los salones de clase de la Facultad de diseño gráfico e industrial de la UPB de Medellín. El guión, que se titulaba Muerte Chunchurría, planteaba para dos de sus protagonistas un arco dramático bastante marcado, lo cual significaba que ambos personajes experimentarían una dura transformación conforme avanzara la dramaturgia; en este caso pasarían de ser dos bicicletos enmariguandos a convertirse en zombies. En consecuencia, se necesitarían efectos especiales y prótesis de maquillaje. Y como no había dinero se tendrían que fabricar.

Paralelamente se buscaban las locaciones para la película: el guión demandaba calles empinadas -muchas calles empinadas-, un ducto de aguas negras, y un interior que simulara un burdel. Tras varias búsquedas se decidió que los exteriores de calle se harían en Ríonegro, que es una ciudad pequeña pero llena de lomas, mientras que la persecución de aguas negras se rodaría en la canalización de la calle 48 que corre paralela al viaducto del metro a la altura del barrio la Floresta, por ser muy amplia y bajar con poco caudal. ¿Y el burdel? Ahí irían viendo.

Restaba únicamente hacer el casting de actores, el cual se realizó finalmente en una banca del parquecito del barrio San Joaquín.

Storyboard del guión de Muerte Chunchurria

Segundo acto.

El primer día de rodaje comenzó como comienzan todos los rodajes del mundo: con demoras. El plano de las 8 de la mañana se hizo a las 11:30. Pertenecía a una secuencia extensa en la que unos individuos toman cerveza en una mesa, mientras en el fondo, ligeramente fuera de foco, pasan a toda velocidad en sus bicicletas Checho y Manolo, los dos protagonista, quienes se dirigen a comprar vicio. La dificultad de la toma radicaba en que comenzaba con un encuadre en primer plano de una caja de huevos, la cual una mujer debía mover y así descubrir el resto de la escena. ¿Raro? No tanto. Todo tenía sentido: el storyboard  planteaba que en la edición esta imagen llevaría un split de audio; la última línea de Manolo exhausto en la bicicleta diciendo “Valle mis huevos”. ¿Raro? No tanto. Todo tenía sentido: era la culminación de un diálogo con Checho, quien le informa pedaleando que la chunchurria está hecha con tripas llenas de mierda y de ninguna manera van subiendo una loma, pues Medellín es un valle.

-Manolo: ¡Ah qué hijueputa morro ome!

-Checho: ¿Cuuuuuuál morro?

-Manolo: Pues medallo, güevón.

-Checho: Medallo es un valle, bobo.

-Manolo: Valle mis huevos.

Corte a: Primer plano de canasta de huevos que sale de cuadro. Voz en off: ¡Viva la bareta!

Durante tres días se hicieron las escenas de los dos protagonistas en bicicleta pedaleando en diferentes situaciones; unas en franca vagancia, otras huyendo de un taxista que los persigue para vender sus entrañas como insumo de chunchurria callejera, y otras escapando de una horda de muertos vivientes, e incluso uno del otro, pues Manolo se convierte primero en zombie y quiere comerse a su amigo, quien huye aterrado hasta que choca un taxi… el mismo que lo quiere destripar. Es que era una historia circular. ¿Raro? Tal vez. Pero en aquel entonces todo tenía sentido. La idea era hacer un film emburundangao.

Y sentido tuvo, para hacer una de las secuencias de más vértigo, echar a rodar por una empinada calle una motoneta Vespa apagada, persiguiendo el chofer y el camarógrafo a los dos protagonistas que se descolgaban por la loma. Todos con la cabeza agrietada de tetrahidrocanabinol. Al llegar abajo la moto se prendía con el impulso, se daba la vuelta en una glorieta, y se remolcaban a los ciclistas otra vez hasta arriba, porque había que repetirlo todo. Como en el cine.

Nunca tuvo tanto sentido aquello de puente festivo.

Una semana después el equipo volvió a Ríonegro para grabar las escenas de diálogos y una par de insertos de persecución en callejones. La locación escogida era una urbanización de viviendas abandonada en alguna etapa de la construcción. Todo aquello era un paisaje de tierra amarilla mal removida y planchas de concreto con los fierros expuestos. Parecía que recientemente allí hubiera golpeado una tremenda explosión nuclear; un buen set para la discusión que desequilibraría la dramaturgia: el alegato que sostendrían Checho, Manolo, y el Predicador; personaje interpretado por el Loco Jairo -el poeta del Parque del Periodista- quien aceptó actuar y vestirse de mesías por… por nada. Quizás porque alguien lo llevaría gratis en carro a Ríonegro.

Esta secuencia se rodó en una pequeña rotonda, parte de las obras de paisajismo de la fracasada urbanización, la cual tenía una fuente abandonada y polvorosa, y sobre ella, por pura coincidencia, colgaba el pellejo y parte de la osamenta de un perro muerto desde hacía muchos días. Al director le encantó. ¿Raro? No tanto. Ese mismo día, más tarde, en una escena que involucraba un tarro de pegante que no era de utilería, todo tuvo sentido. ¡Ah, el engaloche!

Exterior/día. Muerte Chunchurria

Concluidas las secuencias de velocidad rionegreras, restaba hacer la persecución en el canal de aguas negras. Era octubre y era invierno. Hacia las tres de la tarde se desgajó un aguacero arriba en el barrio San Javier y comenzaron a bajar por la quebrada bolsas de rayas, luego frascos de límpido, y más tarde basura de gran calado. El caudal crecía y no se había terminado la secuencia principal: una horda de muertos vivientes aparecería desde el oscuro del ducto, atacaría a los protagonistas, y sólo Checho conseguiría escapar –para morir luego atropellado por el taxi-. Era la parte más gore: se verían tripas, vísceras, y el mayor despliegue de efectos especiales del film: 5 zombies completamente caracterizados y una bomba de humo. Pero el casting estaba incompleto porque Repúblicas Bananeras era una productora sin plata para contratar más actores, así que a cambio de un almuerzo trabajaron Rubén “ojopicho” Potosí y Gustavo “figura” Figueroa; dos gamines de la zona que querían aparecer en televisión. La secuencia se terminó de rodar con luz natural y cuando el agua inmunda ya le había mojado los zapatos a todos.

Pero aún faltaba el burdel. Allí, a las puertas del segundo punto de giro,  aparecería Tamara; un travesti que asesina a sus clientes para luego venderlos a un taxista, quien en sus ratos libres persigue mariguaneros en bicicleta. Ya se ve que todo en aquella historia encajaba. Tamara inmovilizaba a sus víctimas mordiéndoles la entrepierna mientras les practicaba sexo oral. ¿Raro? Sí, incluso en aquel entonces. Nadie, bajo el efecto de ningún estimulante, lo entendió jamás. Pero con todo y eso la escena se hizo en un garaje de un edificio ambientado por el departamento de arte, que eran dos personas. La mística del cine obliga a no discutir las decisiones del escritor y del director. Fin del rodaje.

Tercer acto

¿Qué hacer con 8 horas de basura en video digital? Pues intentar darle sentido. Con nicotina, cafeína, 512 de RAM y programas de Adobe que iban por la versión 5.5. Así se armaron las secuencias, pegando planos que curiosamente funcionaban bastante bien; no había saltos de eje, muy pocas inconsistencias de racord, e incluso casi todo gozaba de continuidad lumínica. El ritmo lo dio Mtv y su catalizadora influencia. La banda sonora era de Ilegales, Sociedad Alkohólica y Eskorbuto [estaba eeeen-terrado vivo/estaba eeeen-terrado vivo] salvo el Marihuana boogie, el Condor pasa, y Ven devórame otra vez de Lalo Rodríguez; canción de salsa para sonorizar la enfermísima secuencia de Tamara cuando se come a su cliente en un burdel. ¿Raro? Por supuesto. Pero yo tenía 22 años, uno de los directores era mi amigo, y me sobraba tiempo libre cuando estaba finalizando la escritura de mi tesis de grado. Así fue como terminé siendo director de fotografía y camarógrafo de aquella cosa de diálogos incomprensibles, situaciones absurdas y dramaturgia inconsistente, que contaba la historia de dos zombies en bicicleta.

Cuando la terminamos se estrenó en el Colombo Americano con sala llena -de puros conocidos-,  y después con ella no volvió a pasar nunca nada. Disolvencia a negro.

Imagen para relanzamiento de la película en Internet en 2009.

Roll de créditos.

No es muy clara cuál es la frontera que divide las etapas de crecimiento físico y mental del ser humano. Niñez-pubertad-adolescencia-adultez-vejez-decrepitud. Las instancias legales plantean barreras de cierto número de años para efectos jurídicos. La psicología, con más herramientas, plantea límites más sutiles. Supongo que para cada quien es un proceso distinto. Yo no sé en qué momento dejé la niñez, pero sé que mi velocidad interna es bastante lenta y mis procesos van despacio. A veces sospecho que a este ritmo puedo llegar a vivir 120 años. Pero ahora que cuento en retrospectiva esta historia intuyo que todo aquello marcó el verdadero final de la adolescencia para mí. Fue una especie de punto y aparte.

Lo último que se hizo para la película fue el roll de créditos. Hacia el final aparecen los agradecimientos especiales:

-A todos los muertos vivientes.

-Al bolsillo de papá y mamá.

-Al cine chatarra.

-A las drogas baratas.

-A Medellín, sus calles y alcantarillas.

Tras eso vienen las advertencias legales, aquello de los derechos reservados de autor y que no se lastimó a ningún zombie durante la producción, que a todos nos pareció un chiste buenísimo. Los créditos se cierran con el año de realización: 2003. Y ya. Punto final. Es decir, punto y aparte. 

Afiche oficial de la película



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Mamá. Así de simple.

Por: Virginia Posada.

Los años siempre se detienen en las mismas fiestas; días dedicados a alguna celebración.  Y entonces se van revolviendo los recuerdos de la niñez tranquila, de tardes soleadas.  Empiezo a sentirme otra vez hija y miro hacia atrás los días que ya pasaron. Comienzo a recordar. 

Ahora hace ya mucho que desempeño el rol de mamá y vuelvo a sentir, a releer páginas enteras de la vida que como hija antes no entendía, o no quería entender, o que estaban tan incrustadas en mi interior que no las conocía.  Y van apareciendo las risas tranquilas, los silencios, las miradas castigadoras que todo lo revuelven.  Las ofuscaciones por pedidos desmedidos en tareas escolares.  Las enseñanzas de la belleza y la estética.  La disciplina de la mente y de los actos que llevan a una rutina apaciguadora.  El freno a los descalabros juveniles y la sensatez de los pensamientos.  Los sabores que se descubren sentados a la mesa llena de conversaciones y cuitas familiares.  Intuyo, cada vez que experimento estos recuerdos tan emocionales, que  he ido repitiendo  todos estos mismos pasos con mis hijos.  Quise estamparlos en sus vidas. 

Me cuesta trabajo explicar cómo recuerdo a mi mamá, podría decir más bien cómo la siento.  Y es por esas cosas a veces tan difusas, pero que se van recogiendo por dentro de nuestra humanidad, que digo mamá, así de simple.

El año pasado en el aula de clase, mi excelente profesora de Antropología de los alimentos terminó su módulo con estas palabras que yo retomo ahora.  Yo creo que resumen el paso de los años, de niña a adulta.  Son estos los años que hacen independiente al individuo de las normas que lo moldearon.  Pero mirando muy adentro de mi misma descubro que esas normas nunca se fueron, que sólo estaban suspendidas. Estaban esperando siempre para poder salir.

No es que no vuelva porque me he olvidado

de tu olor a tomillo y a cocina.

De lejos, dicen que se ve mas claro

que no es igual quien anda y quien camina.

Y supe que el amor tiene ojos verdes,

que cuatro palos tiene la baraja,

que nunca vuelve aquello que se pierde

y la marea sube y luego baja.

Supe que lo sencillo no es lo necio,

que no hay que confundir valor y precio,

y un manjar puede ser cualquier bocado.

Si el horizonte es luz y el rumbo un beso,

no es que no vuelva porque te he olvidado

es que perdí el camino de regreso, mamá.

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Amanece en el rastrojo. Pero se trata de una madrugada oscura y fría; el sol no consiguió romper el sudario de niebla que lo cobija todo y la luz aparece sin potencia, filtrada por un grueso velo de vapor de agua condensada. La temperatura se eleva apenas 10 grados por encima del cero centígrado y cae una llovizna fina pero muy constante. Un amanecer así, para los insectos que no viven en colonias, es duro, y aunque suene a exageración algunos no lo logran.

Fisiológicamente los artrópodos son animales cuyo metabolismo depende de la temperatura ambiente y necesitan del calor para, literalmente, entrar en calor. De otro modo caen en una modorra muy parecida a la muerte en la cual se mueven lentos, o son incapaz de moverse. Esto es peligroso para ellos si se prolonga más de lo debido porque, o bien su organismo se apaga y mueren, o se convierten en presas fáciles para pájaros y mamíferos de sangre caliente.

En cambio, la madrugada, es un buen momento para fotografiarlos, pues con el frío y el rocío pierden su condición de animales esquivos y tímidos, y permiten que el fotógrafo se les acerque. En una mañana común esto dura apenas unos 40 minutos, pues tan pronto el sol comienza a calentar se apodera de todos, voladores y rastreros, un frenesí violento pues el día comenzó. A partir de ahí una buena toma se complica.

Por eso, entre cierto círculo de fotógrafos macro muy abusivos, hay una tendencia a usar un aerosol refrigerante que se puede conseguir por Amazon (lo usan los entomólogos para el estudio científico) y que al rociar al insecto produce en él una parálisis momentánea por congelamiento. Ciertamente no muere, pero permite el tiempo necesario de quietud para acercarle el lente. Otros usan una técnica más barata pero igual de cruel: recolectan una bolsa con, digamos,  escarabajos y los meten al congelador por unos minutos, y así, friolentos y atontados los fotografían en un ambiente artificial.

En mi caso prefiero pensar en una ética de la toma, por insignificante que sean los modelos. Yo quería verlos al despuntar la mañana, perlados de rocío. Ahí en el rastrojo estaban, los insectos, mojados y con frío. Ahí en el rastrojo estaba, el fotógrafo, mojado y con frío. 

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Mr. Showman

Viene Paul McCartney, toca en el estadio, y todo el ruido circundante se calla. El lío de la gramilla, el mito del precio de las boletas, el pronóstico del clima, los rumores sobre las condiciones de la transmisión televisiva. Los chistes mala leche, los que prefieren a los Rolling Stones, la defensa de los que se sintieron insultados. Pero sale el cantante, comienza su show, y todo ese rumor -que es pura expectativa mal resuelta- comienza a deshacerse, como cuando a una pareja de novios en plena pelea le suena una canción de amor; termina siendo más fuerte lo que sale por los parlantes que la discusión, y no hay más remedio que intentar reconciliarse.

El movimiento se demuestra andando y Paul McCartney canta a toda velocidad.  Sin contar a aquellos que estaban en el estadio -se asume que les encanta- quienes no estaban seguros de nada y comenzaron a verlo por televisión, o bien fueron atraídos por la fuerza intrínseca que desde el primer momento demostró semejante espectáculo, o comprobaron que en definitiva no era lo que querían ver y cambiaron el canal. Pero todos, finalmente, se callaron y dejaron cantar al músico. Él salió, hizo lo suyo, y se fue. Lo hizo con la gracia de quien ha hecho lo mismo los últimos 50 años.

Paul Bogotá

Que bien pudo haber sido hastío. Finalmente se trataba de trabajo. Antes de tocar en Bogotá lo había hecho en Asunción y en Montevideo, y seguía para Brasil a dar dos conciertos más, y luego a México, y tal vez, si se perfeccionaba el acuerdo, también se presentaría en San José de Costa Rica. La misma ropa, tocar el bajo. Cantar. Pero a pesar de esto el público puede percibir un goce genuino cuando lo ve en el escenario: no es alguien que está haciendo la tarea. Porque pocas cosas tan descorazonadoras como un mal concierto, en el que el artista sólo cumple con el contrato, y se muere de tedio él y mata del tedio a la audiencia.

Finalmente esa es la madera de la que está hecho Paul McCartney. Madera para divertir, para entretener, para hacer un show. Es un músico al que le gusta tocar con banda, y no puede vivir sin cantar, como tampoco puede vivir sin una mujer a su lado, y por eso se ha casado tres veces.

Es además juicioso, disciplinado, constante y productivo. Por eso se va de gira y lanza álbumes con frecuencia.  Se trata en últimas, aún con las toneladas de talento artístico, de un hombre pragmático y de acción. En The Beatles, cuando apenas rozaban la primerísima fama, la banda tuvo que reorganizarse tras la salida –y posterior muerte- de Stuart Sutcliffe y McCartney fue quien asumió tocar el bajo pues nadie más quería hacerlo. Más adelante fue él quien empujó hacia adelante la producción y toque de los discos, con una actitud mezcla de prolijidad y autoritarismo que terminó hartando a todos. Es bien conocida la escena en Let it Be en la que, sentados sobre un amplificador, McCartney le dice a Harrison cómo tocar, como si fuera su jefe. Suya fue toda la parafernalia Sgt Pepper, y suya fue la idea de Get Back, álbum que terminó llamándose Let it Be; un intento de volver a ser una banda que tocaba en vivo y con vigor. Una banda espectáculo. Una banda Show.  

Fue por eso que cuando se acabó The Beatles, y finalmente salió de la tremenda depresión en la que cayó, lo que hizo fue crear Wings y se fue a girar por el mundo. Habrá quién diga que eso no es un hombre de acción. Está bien, tal vez sea mejor un hombre de espectáculos. Todo con tal de cantar, que es para lo que fue hecho. Y dar conciertos. Y encima disfrutarlo mucho.

Cinco décadas montado en escenarios han hecho que los domine, sin importar el país y la cultura. Se le nota que allí está en su elemento. Una vez en Brasil se fue a un hoyo que había detrás del piano y tuvo la seguridad de pararse a bromear de ello. Es todavía mejor para arengar al público. Cuando el jueves pasado lanzaba frases en español, tribunas y gramilla palpitaban, aún cuando se sabe que es la vieja fórmula de conexión ente público y artista. Ni hablar de la bandera colombiana y británica juntas, que es el más vil de los trucos de los cantantes de estadio.  Pero no se puede decir que no domine una tarima. Incluso entre estrellas Paul McCartney  despunta. En el concierto de homenaje a George Harrison que se hizo en el Royal Albert Hall se ve al instante que son él y Eric Clapton quienes comandan aquella banda de amigotes súper estrellas, y se sienta al piano para interpretar Wah Wah, una canción que  escribió el propio Harrison en el momento que lo hartaba más The Beatles y todo lo que McCartney representaba, con el mismo entusiasmo que si se tratara de cualquier rock and roll de Chuck Berry.

Todos lo vieron tocando Something en ukelele.

Volviendo al tema del precio de las boletas, algunas bastante costosas. Bien. Pero no se puede negar que se trató de un buen canje de diversión por dinero.  

 

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Tras varios años durante los cuales el ojo se nos acostumbró al aspecto hi-fi de las fotografías digitales, donde hasta las cámaras compactas de más baja gama logran fabulosos niveles de definición y calidad, alguien hizo un giro en u y se devolvió hasta 1980, y desde allá trajo una serie de objetos low-fi, que si el mundo tuviera algo de lógica deberían estar en el cementerio, pero que se instalaron en el tiempo presente con vigor de resucitado y adquirieron un prestigio impensado incluso en sus épocas de oro ochenteras, debido a esa extraña maña que tiene a veces el consumismo de darle valor al absurdo, y a una audaz y original campaña de marketing.

Lo que más sorprende de todo esto no es que se trate de objetos que arrojan como resultado fotografías de pésima resolución, sino que sean analógicos en su funcionamiento y construcción. A-na-ló-gi-cos. Ni una pisca de computación los toca. Los únicos dígitos están en sus precios, que por demás son bien altos. Se trata de las cámaras, lentes, rollos y toda la inmensa parafernalia adicional que creó la Sociedad Lomográfica (Lomography) que se saliócon la suya al poner de moda, primero entre los artistas, y luego entre el público común, un estilo de toma fotográfica que nunca fue valorado, y además cumplía con todos los requisitos para que se lo llevara el olvido y el desprecio. Y sin embargo sucedió todo lo contrario.

Lomo logo

En un viaje de turismo que, comenzando apenas la década del noventa, dos amigos vieneses estudiantes de arte hicieron por Europa, se toparon en un ventorrillo callejero de cualquier parte de Praga con una vieja Lomo Kompakt Automat; la legendaria cámara utilitaria de la recién desaparecida Rusia comunista, diseñada por supuesto para la gran masa: liviana, barata, fácil de manejar, y totalmente cuadrada hasta en sus lados más redondos. Ambos, por pura diversión y desquicio, comenzaron a disparar fotos desde la cintura, y sólo contadas veces mirando a través del visor, pero siempre apuntando desprevenidamente pues sabían que entre sus manos tenían el objeto más barato y ordinario que había penetrado al mundo occidental. 

    

LCAFusólo al regreso a Viena, al revelar los rollos, que se encontraron con una calidad visual inesperada, y que aún en esos años cuando la fotografía digital no había irrumpido con las toneladas de pixeles impecables, les generó una extraña curiosidad y gusto por lo anacrónico que todo allí lucía. Las fotos eran tan malas que inexplicablemente estaban dotadas de una belleza tan singular como absurda. Todo se debía en buena parte a que en esta cámara, dado el diseño original de la lente, y en general a lo poco sofisticado de toda su óptica, los rayos de luz se concentraban en el centro de la película negativa, produciendo una saturación de color mayor allí donde confluían, y, lógicamente, zonas de oscuridad y desenfoque en la periferia. Era el conocido y despreciado efecto viñeta. Pero ahora estaba de vuelta.

Lo que este par vieron no sólo les encantó a ellos sino a  toda la comunidad de artistas visuales vieneses, que como ya se expresó comenzaba a sentirse cansada de tantas imágenes fotográficas de limpieza quirúrgica. Lo que siguió en adelante fue todavía más irreal: un viaje a San Petersburgo para asegurar un contrato de distribución mundial de las LOMO, lo cual debió parecerle un absurdo gigante a los ex camaradas productores, quienes no podían creer que por aquello les ofrecieran tantos Rublos.

Las LOMO, a partir de entonces, se convirtieron en un éxito en occidente, y al mismo tiempo nació la Sociedad Lomográfica y su extensa, disparatada, pero tremendamente enviciadora filosofía, que con la masificación de la Internet adquirió proporciones de tendencia mundial. 

A la vieja cámara LC-A le siguió el descubrimiento de otros anacronismos por el estilo: para empezar la Diana, una cámara de cuerpo plástico producida en Honk Kong en la década del 60 para el público masivo de Estados Unidos e Inglaterra; y la Holga, la camarita del pueblo chino para fotografiar cumpleaños y eventos familiares. Ambas, por supuesto, sacaban fotos horribles. ¡Pero eso era ahora lo lindo!

Desenfoques, fugas de luz, viñetas, ruido, velados, colores en exceso saturados o desaturados (nunca se sabe, esa es uno de los gustos de la onda Lomography, que nunca se sabe qué va a salir) todos estos despropósitos visuales comenzaron a hacerle un fuerte contrapeso a las imágenes limpias y ultra bien definidas producidas por las máquinas digitales que Nikon y Canon se demoraban años en desarrollar. Absurdo.

Diana


Holga

Paralelamente, todas estas cámaras plásticas y baratas, a cuyas entrañas simples y de resortes se podía acceder con tan sólo abrir la tapa, permitían hacer unas maromas entre mecánicas y ópticas que arrojaban resultados audaces y agresivos… los mismos que ya se hacían en Photoshop. Como se ve hay una lógica de consumo y de apreciación de la belleza extraña en todo esto. Pero sobre esta paradoja se ha sostenido y ha triunfado siempre Lomography. Al público le encanta.

¿Mencioné que todas estas son cámaritas baratas y utilitarias? Pues ya no. Otro absurdo exitoso es que ahora, sin haber mejorado ni un mínimo sus funciones, son objetos carísimo y glamurosos. Todo es cuestión de apariencias. Las Holga se venden en varios colores y en un estuche en donde además de la cámara viene un libro modernísimo con fotos tomadas por otros aficionados, film de 120mm, y accesorios como dos pilas AA para el flash y un rollo de cinta aislante. ¿Cinta aislante? Sí, es parte de su encanto: para que la Holga funcione del todo bien debe sellarse en sus costados con cinta negra para que no se filtre la luz. Una baratija. Aunque no tanto; todo esto vale ahora 85 dólares, o el equivalente en moneda local en cualquiera de las tiendas Lomo alrededor del mundo como Londres, New York, Frankfurt o, digamos, Singapur. 

Y similar a esto hay toda una parafernalia de otras máquinas y sus accesorios que conforman uno de los ejemplos más ilustrativos de lo que es una idea soportada por toneladas de mercadeo original, creativo y audaz, pero además, un poco, por cierta estupidez del mundo consumista, cuyos ciudadanos están dispuestos a pagar cualquier dinero por tecnología de plástico y metal que vale tres pesos, sólo porque alguien les prometió que era un objeto cool.

En mi caso particular estuve fuertemente inmerso en la onda Lomo durante un tiempo fugaz e intenso hace pocos años. Cuando me presentaron todo aquello yo fui atenazado por el efecto de una belleza que me turbó con fuerza. Creía haber encontrado por fin una estética que, aunque la buscaba en todo lado, no la hallaba en nada (tiempo después la encontré en algo mucho más calmado y tranquilo -de lo que seguro escribiré-). Durante unos meses, con el torrente sanguíneo atiborrado de las endorfinas que me producía el amor por una mujer, estuve disparando como medio loco, haciendo toda clase de extravagancias analógicas con un par de Holgas. Fue un tiempo en el cual me moví mucho, pero dormía aún menos de lo usual, y casi nunca en mi casa. Eso fue en últimas lo que fotografié. Viéndo ahora todas aquellas fotos me doy cuenta de que reflejan bastante mi clima mental de entonces: sobreexposiciones, subexposiciones, dobleexposiciones incomprensibles, desenfoques, manchas de luz, colores extraños, composiciones absurdas. Ruido, mucho ruido. En una palabra: caos. 


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La foto cuenta una historia que es la de la soledad. En el segundo plano sonoro seguro suena una moto que pasa; ese es siempre el sonido de los amaneceres o los anocheceres de los días muertos en las ciudades. Primero de enero, viernes santo, un domingo víspera de un lunes festivo. En esas fechas siempre hay alguien que se quedó solo mientras el resto de la humanidad vive la vida acompañado y feliz. Cuando cae la tarde, o al amanecer, una ventana con una luz encendida prueba que hubo alguien que no tuvo a dónde o con quién ir a gozar. Pero esta fotografía, a pesar de la soledad que exuda, es un acto de coraje, pues mientras todas las demás ventanas permanecen oscuras, silentes y vacías, esta otra nos grita en la cara a sus vecinos que la soledad no es vergonzante, y que al contrario, es una cosa vivible. Aunque como se ve,  ella -la dueña de la ventana es una mujer- posiblemente no se siente tan sola porque está acompaña por Cristo. 

La foto cuenta una historia que es la de la soledad. En el segundo plano sonoro seguro suena una moto que pasa; ese es siempre el sonido de los amaneceres o los anocheceres de los días muertos en las ciudades. Primero de enero, viernes santo, un domingo víspera de un lunes festivo. En esas fechas siempre hay alguien que se quedó solo mientras el resto de la humanidad vive la vida acompañado y feliz. Cuando cae la tarde, o al amanecer, una ventana con una luz encendida prueba que hubo alguien que no tuvo a dónde o con quién ir a gozar. Pero esta fotografía, a pesar de la soledad que exuda, es un acto de coraje, pues mientras todas las demás ventanas permanecen oscuras, silentes y vacías, esta otra nos grita en la cara a sus vecinos que la soledad no es vergonzante, y que al contrario, es una cosa vivible. Aunque como se ve,  ella -la dueña de la ventana es una mujer- posiblemente no se siente tan sola porque está acompaña por Cristo. 

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La Iniciativa
Una metáfora, una sola buena metáfora con la cual medir o comparar la existencia humana, es lo que busca el poeta cuando hace rimas. Sin embargo mi sospecha es que esa imagen que explica lo insondable no se encuentra en la poesía, sino en un asunto bien prosaico –y aquí uso la palabra en su pleno significado- el cual nunca nadie jamás pensaría que es el cofre donde se guarda el gran secreto.
O bueno sí. La verdad es que del ajedrez como la metáfora más acertada de la vida se ha escrito mucho, y han escrito muchos; el mismo campeonísimo Gary Kasparov es el autor de un libro con un título que aunque gracioso es bien cierto: Cómo la vida imita al ajedrez. De modo que si bien lo que trato de exponer en realidad no es cosa nueva, e incluso ha sido tratado con cuidado y detalle, para el gran público -y casi todos somos el gran público- todo aquello que rodea al juego (¿o debo llamarlo deporte?) está recubierto por una pátina de fatal aburrimiento cuando no de pedante erudición, y por lo tanto nadie considera siquiera que en el mover de las piezas sobre las casillas negras y blancas se esconda algo.
Pero la verdad es que sí. De lo contrario sobre ello no se hubiera escrito libros (¿se habrá escrito también poesía?). De cualquier forma no puedo ser yo quien explique los paralelos entre la existencia misma y los mecanismos del juego y su imbricado sistema de causas y efectos, porque para empezar no juego bien. Esto no significa que no lo disfrute, y sobre todo que no comprenda su esencia, la cual se expresa en buena medida en un concepto de juego tan elemental como poderoso: la iniciativa.
Tener la iniciativa en ajedrez es ciertamente una cuestión de piezas sobre el tablero, es decir, de cómo están dispuestas y quién las ha desplegado mejor. Pero además, y mucho más importante, es un concepto sicológico fuertísimo que puede sentirse entre ambos jugadores como un pulso invisible, como una lucha de fuerzas que no involucra músculos, como una corriente densa y correspondiente entre los dos; quien la tiene sabe que la tiene, y quien la ha perdido sabe que está a punto de ser masacrado. Porque la iniciativa puede perderse, generalmente por causa de un error tonto. Tal como en la vida.
La iniciativa es un estado cerebral, es un clima mental, es ir arriba empujando hacia adelante la partida y no siendo arreado y revolcado por ella. Poseer la iniciativa hace audaz y feroz al jugador, lo dota de energía, de sangre en las venas: calienta al tibio, decide al indeciso, le da arrojo al tímido; cuando se tiene se es altivo y engreído, cuando no se es un siervo avasallado por la fuerza total de aquel que está triunfando. Basta un error, o un contrincante con aguante y con eso que en las películas subtituladas llaman “agallas”, para perderla. Tal cual como en la vida. Y perderla es desbarrancarse: físicamente se siente como una bola de plomo que se descuelga desde la glotis hasta el estómago. Eso y descomponerse son una misma cosa. Cuando juego yo la siento como una cuerda que adquiere progresiva tensión hasta el punto en que no logro soportarlo, y es entonces cuando hago estupideces. Ese es mi punto débil. Y siento entonces que la cuerda se rompe y se hace hilos –y la esfera se desploma- y en mi cabeza se detona una frase tan lacónica como automática: vida maldita, perdí la iniciativa. Y se me desfigura el semblante.
Se puede recuperar, claro, pero requiere de una fuerza mental que le conozco a muy pocos, o de que el contrincante no sepa aprovechar su ventaja y cometa algún error, lo cual sucede más seguido. Pero en general, para quien la ha perdido, es difícil recuperarla. Sin embargo, cuando eso sucede, cuando un jugador se eleva sobre si mismo, se recompone, en otras palabras, se domina a sí mismo, y termina siendo él quien amenaza a un rey sin escolta y no al revés, hay un triunfo del espíritu humano, aunque sea en la pequeña escala de lo que sea que mida un tablero de ajedrez.  
La iniciativa, se me ocurre, es como la fe del hombre en sí mismo, que cuando se pierde cuesta bastante traerla de vuelta. 

La Iniciativa

Una metáfora, una sola buena metáfora con la cual medir o comparar la existencia humana, es lo que busca el poeta cuando hace rimas. Sin embargo mi sospecha es que esa imagen que explica lo insondable no se encuentra en la poesía, sino en un asunto bien prosaico –y aquí uso la palabra en su pleno significado- el cual nunca nadie jamás pensaría que es el cofre donde se guarda el gran secreto.

O bueno sí. La verdad es que del ajedrez como la metáfora más acertada de la vida se ha escrito mucho, y han escrito muchos; el mismo campeonísimo Gary Kasparov es el autor de un libro con un título que aunque gracioso es bien cierto: Cómo la vida imita al ajedrez. De modo que si bien lo que trato de exponer en realidad no es cosa nueva, e incluso ha sido tratado con cuidado y detalle, para el gran público -y casi todos somos el gran público- todo aquello que rodea al juego (¿o debo llamarlo deporte?) está recubierto por una pátina de fatal aburrimiento cuando no de pedante erudición, y por lo tanto nadie considera siquiera que en el mover de las piezas sobre las casillas negras y blancas se esconda algo.

Pero la verdad es que sí. De lo contrario sobre ello no se hubiera escrito libros (¿se habrá escrito también poesía?). De cualquier forma no puedo ser yo quien explique los paralelos entre la existencia misma y los mecanismos del juego y su imbricado sistema de causas y efectos, porque para empezar no juego bien. Esto no significa que no lo disfrute, y sobre todo que no comprenda su esencia, la cual se expresa en buena medida en un concepto de juego tan elemental como poderoso: la iniciativa.

Tener la iniciativa en ajedrez es ciertamente una cuestión de piezas sobre el tablero, es decir, de cómo están dispuestas y quién las ha desplegado mejor. Pero además, y mucho más importante, es un concepto sicológico fuertísimo que puede sentirse entre ambos jugadores como un pulso invisible, como una lucha de fuerzas que no involucra músculos, como una corriente densa y correspondiente entre los dos; quien la tiene sabe que la tiene, y quien la ha perdido sabe que está a punto de ser masacrado. Porque la iniciativa puede perderse, generalmente por causa de un error tonto. Tal como en la vida.

La iniciativa es un estado cerebral, es un clima mental, es ir arriba empujando hacia adelante la partida y no siendo arreado y revolcado por ella. Poseer la iniciativa hace audaz y feroz al jugador, lo dota de energía, de sangre en las venas: calienta al tibio, decide al indeciso, le da arrojo al tímido; cuando se tiene se es altivo y engreído, cuando no se es un siervo avasallado por la fuerza total de aquel que está triunfando. Basta un error, o un contrincante con aguante y con eso que en las películas subtituladas llaman “agallas”, para perderla. Tal cual como en la vida. Y perderla es desbarrancarse: físicamente se siente como una bola de plomo que se descuelga desde la glotis hasta el estómago. Eso y descomponerse son una misma cosa. Cuando juego yo la siento como una cuerda que adquiere progresiva tensión hasta el punto en que no logro soportarlo, y es entonces cuando hago estupideces. Ese es mi punto débil. Y siento entonces que la cuerda se rompe y se hace hilos –y la esfera se desploma- y en mi cabeza se detona una frase tan lacónica como automática: vida maldita, perdí la iniciativa. Y se me desfigura el semblante.

Se puede recuperar, claro, pero requiere de una fuerza mental que le conozco a muy pocos, o de que el contrincante no sepa aprovechar su ventaja y cometa algún error, lo cual sucede más seguido. Pero en general, para quien la ha perdido, es difícil recuperarla. Sin embargo, cuando eso sucede, cuando un jugador se eleva sobre si mismo, se recompone, en otras palabras, se domina a sí mismo, y termina siendo él quien amenaza a un rey sin escolta y no al revés, hay un triunfo del espíritu humano, aunque sea en la pequeña escala de lo que sea que mida un tablero de ajedrez.  

La iniciativa, se me ocurre, es como la fe del hombre en sí mismo, que cuando se pierde cuesta bastante traerla de vuelta. 

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La tumba de cancel

La historia de uno de los descubrimientos arqueológicos prehispánicos más importante en Colombia. Hecho por accidente

El dominio que la civilización española ejerció sobre los pueblos nativos americanos constituye un caso casi singular, pues en el recuento completo de lo que tan superlativamente los occidentales llamamos Historia Universal, es posible que no exista un solo antecedente en el cual la fuerza conquistadora haya despreciado al pueblo conquistado de tal manera que prácticamente no existan registros de lo que mundo y vida eran antes de la llegada de los invasores.

Esto es particularmente notable en el proceso de conquista y colonia del territorio de lo que hoy es Colombia, de cuyos habitantes originales se sabe bien poco: que hilaban, que cultivaban, que eran orfebres, que manipulaban el oro como si fuera plastilina. Pero aspectos tan fundamentales como las lenguas y los métodos de escritura, si los hubo, se desconocen bastante. Ciertamente de todo aquello existen crónicas y relaciones, pero no creo exagerar si digo que resultan más bien vagas e imprecisas. Lo que expongo resulta aún más crítico en aquellos lugares en donde no hubo riqueza, o al menos riqueza expresada en lo que los españoles entendían por ello: oro. Tal es el caso del Valle de Aburrá, donde tal parece que no hubo nunca nada y el tiempo apenas vino a existir aquel día desgraciado en el que Jerónimo Luis Tejelo -mandado por Jorge Robledo- asomó la cabeza desde las montañas de occidente, miró para abajo, y vio que aquello era bueno.

Sin embargo, en 2006, un bulldozer vino a probar todo lo contario. Que aquí había vida, y mucha, desde antes del arribo de la tropa ibérica.   

El accidente.

En las afueras del Valle, en la parte media de una de sus laderas orientales, en una posición privilegiada desde donde se obtiene una visión dominante de los terrenos bajos, en lo que hoy se conoce como El Escobero -la salida de Envigado hacia Ríonegro- la pala dentada de una poderosa máquina de excavación desgarró por accidente el costado izquierdo de lo que resultó ser una antiquísima tumba indígena donde yacía un esqueleto casi entero, que si bien alguna vez había sido puesto allí en un cementerio de mucha pompa, ahora se encontraba en los terrenos de la futura urbanización de casas campestres Los Álamos.

Vista frontal de la tumba de cancel tal como la expuso la máquina de excavación. Fotografía de Luis Eduardo Mejía www.luisemejia.com

El descubrimiento puso en alerta a todos y convocó la presencia de muchos: antropólogos, arqueólogos, fotógrafos, geólogos, investigadores y curiosos del montón. Después de todo el tema era bien atractivo: en Envigado había aparecido una tumba de indios. Quizás hasta habría oro. Y la romería resultante fue tanta que amenazaba convertirse en una fuerza más destructiva que el mismo bulldozer. Fue entonces cuando gracias a la recomendación que un grupo de entusiastas expertos le hizo al Municipio, y en especial al alcalde Hector Londoño, quien contrario a lo que es costumbre en estos casos demostró particular interés por el tema, se asignó el presupuesto y el tiempo necesario para realizar allí una de las excavaciones más completas hechas en Colombia, e invocando la legislación vigente sobre protección al patrimonio arqueológico*,y todo hay que decirlo, con la voluntad de la empresa constructora,  se detuvo la construcción del futuro conjunto residencial para darle paso a una investigación arqueológica.

La excavación

Entrados en materia e instalados, lo primero que los expertos descubrieron fue que en realidad no estaban parados sobre un entierro solitario, sino sobre lo que muchos años atrás (aún no sabían cuántos) había sido un complejo de 12 terrazas, canales y caminos, distribuidos con mucha lógica y precisión en las 8.2 hectáreas que iba a ocupar la urbanización. Además de la tumba principal, aquella que había suscitado el alboroto, se descubrieron otros siete enterramientos, y los muestreos de tierra circundante arrojaron abundantes restos cerámicos y de carbón, señal inequívoca de que allí, en algún momento en el pasado, se había desarrollado una febril actividad humana.

Plano esquemático de todo el complejo excavado. Esquema extraído del informe “Una Tumba de Cancel en el Valle de Aburrá” realizado por el antropólogo Gustavo Santos Vecino. 

Si bien la mayoría de los hallazgos en Los Álamos que involucraban restos óseos obedecían al más clásico de los patrones de enterramiento practicado por los indígenas de lo que antropológicamente se conoce como la América nuclear (México hasta el norte de Argentina), es decir, la tumba de pozo con cámara, en la cual se deposita un muerto acompañado de su ajuar funerario, el análisis detallado mostró algo ligeramente distinto: huesos cremados dentro de urnas funerarias. Esto no constituyó un descubrimiento mayúsculo en sí mismo, pero sí llamó la atención de los investigadores pues hasta donde el conocimiento alcanza, este nunca fue el patrón característico de los ritos funerarios de los antiguos habitantes del Valle. Allí, en Los Álamos, había algo más. Ya se sabe que la forma como un cultura entierra a sus muertos dice tanto de ella como cualquier otra pauta, sea moda al vestir, desarrollo tecnológico, o puntas de lanzas.

Y aún restaba por analizar lo más llamativo de todo aquel complejo; el enterramiento principal, salvado por poco de las fauces de la máquina. Se trataba a todas luces de un descubrimiento singular: su construcción y su forma correspondían a una tumba de cancel. Una rareza arqueológica. Se desconoce casi todo a cerca de ellas, y aunque en Colombia se han encontrado varias (en la región de los nevados, en el Cauca medio y algunas más en el misterioso San Agustín) en Antioquia era la primera vez que se tenía registro de tal cosa. Su singularidad radica en que se aparta de los dos patrones funerarios clásicos americanos que son, como se mencionó arriba, el pozo con cámara y el sarcófago monolítico. Las tumbas de cancel son otra cosa, aunque no se sepa qué, y de ahí el interés de los investigadores.

Su técnica consiste en hacer una caja o féretro con lajas de piedra, y dentro se deposita un cuerpo extendido con la cabeza marcando un punto cardinal exacto. Salvo una tumba hallada en Quindío que contenía los cuerpos de una pareja, todo parece indicar que son sepulturas para mujeres. Cuando se encuentran rara vez contienen aún restos óseos, de carbón, o ajuar funerario; de hecho pareciera que su función es que todo allí desaparezca. Pero en Los Álamos se conservaba el esqueleto casi intacto. Esto era, además de un golpe de suerte, una oportunidad única para la arqueología colombiana.

El análisis del cuerpo, que fue realizado por una experta antropóloga física y médica forense, arrojó un resultado fenomenal: se trataba de una mujer que al momento de morir no sobrepasaba los 50 años de edad, medía aproximadamente 1.42 cm de estatura, y su cráneo exhibía rasgos decididamente mongoloides: una indígena colombiana en toda ley. No presentaba fracturas óseas, y aunque los huesos evidenciaban que en alguna época de su vida habían soportado carga, y en ambos maxilares sólo se conservaba un molar, todo indicaba que ese esqueleto ahora expuesto a la investigación había pertenecido a un individuo de prestigio dentro de aquella sociedad.

Esqueleto hallado en la tumba de cancel. Fotografía de Luis Eduardo Mejía www.luisemejia.com

Esta idea vino a ser reforzada por un par de descubrimientos adyacentes: justo debajo de la tumba apreció una pequeña bóveda bajo la cual habían sido enterradas a manera de ofrenda cuatro “placas de moler”, y las lajas del propio féretro se sostenían gracias a la cuña que ejercían un par de “manos de moler”. Ambos elementos constituían el equipo tecnológico de la época para macerar y triturar plantas y semillas, y que estuvieran precisamente allí, y ubicados de manera tan poco accidental, era un indicio claro. Además, conservaban aún los rastros de un pigmento rojizo, señal de que allí se procesaban plantas colorantes.

Para el efecto estas piezas se sometieron a análisis de laboratorio en busca de evidencias paleobotánicas, las cuales en efecto aparecieron y el resultado fue más que inquietante: presencia de quinua y granizo, ambas hierbas medicinales; y de la venenosa belladona, que es también narcótica. Todo indica que, quizás, al ver aquel esqueleto tendido sobre la laja de piedra que hace las veces de piso para esta tumba de cancel, y cuyas vértebras evidencian que el cuerpo fue depositado con una almohadilla para reclinar la cabeza, estamos ante los restos de alguien que se dedicó a una actividad de molienda muy refinada pues en sus placas y piedras, que le fueron empacadas para que la acompañaran en el inframundo, procesaba plantas, juncos y raíces. Estamos ante una médica. O en el más imaginativo de los casos, ante una hechicera.

Plano esquemático de la tumba de cancel. Esquema extraído del informe “Una Tumba de Cancel en el Valle de Aburrá” realizado por el antropólogo Gustavo Santos Vecino. 

Además de las placas encontradas bajo el enterramiento principal, se hallaron diseminadas en las demás terrazas algunas otras “piedra de moler” y “metates”, estos últimos instrumentos sobre los cuales se muele maíz, que también fueron llevados al laboratorio en busca de trazas de polen y almidones, para así, en un proceso bastante ingenioso de interpretación, deducir el paisaje y el entorno circundante. Los resultados arrojaron la presencia abundante de un posible maíz ancestral, frijol, tomate, pomarrosa, tabaco, almidones de yuca, berenjena y cucurbitáceas; además hierbas aromáticas y comestibles como el amaranto y el bledo. Y aunque se hallaron también fitolitos de juncos y pastos abiertos, lo cual indica la tala de árboles, del análisis surgió abundante evidencia de yarumos, robles y chaquiro (pino colombiano), lo cual es señal de grandes bosques a los cuales se integraba armónicamente un entorno cultivado, con terrazas sobre las que inequívocamente se construyeron viviendas de habitación, y hasta una estructura ceremonial marcada por un semicírculo formado por grandes piedras, donde se halló gran cantidad de fragmentos de cerámica quebrada de manera intencional, se especula, a manera de ofrenda. 

La datación

Dos meses después de iniciados los trabajos arqueológicos llegaron los resultados de la datación con radiocarbono. Todo encajaba: los 5951fragmentos de vasijas y cuencos hallados coincidían con las referencias históricas ya conocidas: cerámica prehispánica trabajada en los tiempos que se inscriben en los estilos Ferrería y Marrón Inciso. Es decir, quienes vivieron allí lo hicieron entre los siglos V AC y VII DC. Pero hay algo de fundamental cuidado: no se trató del mismo grupo de individuos. Ferrería y Marron Inciso, si bien son dos estilos cerámicos, representan también dos tipos diferentes de organización socio-política y se ubican en una línea de tiempo que aunque a veces se traslapa, en términos generales está separada por cientos de años. Es decir, se trata de grupos con marcadas diferencias culturales, y más aún, tecnológicas. El estilo Ferrería fue desarrollado por las sociedades agrícolas prehispánicas entre los siglos V AD y IV DC, mientras que el Marrón Inciso apareció en Antioquia hacia el siglo I DC y se extendió hasta el VII. Esto, sumado a los análisis de los horizontes en los cortes de tierra, que mostraban movimientos y remociones a veces bastante caóticos, hacen pensar que los primeros pobladores fueron desplazados o reemplazados por grupos sociales quizás más fuertes o mejor organizados.

Fragmentos de cerámica dispuestos para su clasificación.Fotografía de Luis Eduardo Mejía www.luisemejia.com

Como quiera que haya sido, durante el tiempo durante el cual este lugar estuvo ocupado parece que no hubo un día en el que no se experimentara un gran dinamismo. Además de la abundancia de restos cerámicos y de carbón, que como ya se ha dicho es la evidencia postrera de la más febril de las actividades humanas prehispánicas, aparecieron también objetos provenientes de muy lejos y que hablan de una interesante y animada interrelación de individuos. Al excavar las terrazas surgió de la tierra un trozo de obsidiana afilado como cuchilla, que es un vidrio volcánico cuya fuente de extracción más cercana se encuentra en las partes altas de los nevados Ruiz y Tolima; una concha de un bivalvo marino proveniente de la costa sur del Pacífico; un fragmento de pintadera, que es un rodillo con diseños modulares en repite para la estampación textil; y lo más sorprendente de todo: fragmentos de restos óseos recubiertos con una arcilla azul de la cual sólo hay dos yacimientos en Colombia: uno en el litoral Caribe y otro en las inmediaciones de Popayán. ¿Cómo llegó todo esto hasta aquí? En intercambios de comercio, sin duda.  Todo sumado a la presencia de la misma tumba de cancel, que parece ser el resultado del intercambio cultural con sociedades del Cauca medio, y cuya datación con carbono 14 arrojó una antigüedad aproximada de 1640 años antes del presente, sugiere que lo que apareció por accidente cuando se construían las vías de acceso de una urbanización de casas para ricos, fue en el remotísimo pasado aborigen una suerte de complejo de habitación, ceremonia y comercio que, es seguro, se extendía mucho más allá de las 8 hectáreas analizadas.

¿Pero qué en realidad llevaba hasta allí a individuos interesados en el comercio, el cambio y el truque?, ¿por qué allí llegaron a realizarse prácticas funerarias absolutamente distintas a las normalmente establecidas?, ¿qué hizo de este lugar un aparente centro de poder y espiritualidad?  Ya se ha mencionado que el sitio ofrecía una visión privilegiada y dominante del Valle de Aburrá, y sea que esto interviniera o no sobre la energía mística que por allí cruzara, la explicación parece ser más prosaica: lo que conducía a todos allá era ¡la riqueza! Pero no la riqueza expresada en los términos codiciosos europeos sino en los del mundo indígena: la sal. Y la sal, es sabido, era en aquellos tiempos el motor de la vida.

Aparte de los chibchas sabaneros que contaban con las inconmensurables salinas de Chikakirá (Zipaquirá), los demás pueblos indígenas siempre tuvieron que ser más recursivos y exploradores y buscar fuentes de aguasal. Y para el caso particular se sabe que bajando por la misma ladera por la que todavía se llega a Los Álamos, existían unos legendarios manantiales que aún hoy le dan el nombre a uno de los barrios más emblemáticos de Envigado: Los Salados. Y del mismo modo, subiendo, a no más de media jornada a buen paso, alcanzando el filo de la cordillera y adentrándose en el Valle de San Nicolás (Rionegro) existían otras fuentes similares en las inmediaciones de lo que hoy es la represa La Fe, la cual surte el acueducto de Medellín, sector que aún se recuerda como El Salado.

La arqueología, en buena medida, consiste en aprender a escuchar lo que lleva siglos muerto. La tierra habla, el barro habla, la piedra habla, los fragmentos de cerámica hablan. Varias de estas vasijas cuentan que muchas veces fueron llenadas con agua salada y puestas sobre el fuego.  Y así permanecieron por horas hasta que su contenido líquido se hizo humo-vapor y en el interior sólo quedó un chichón blanco y sólido, de pura sal, que se extraía quebrando el cuenco. A esto los españoles lo llamaron pan de sal. ¿Cómo lo llamaban los indígenas? No lo sabemos. Nunca nos lo contaron. ¿Ven? Pero ciertamente aunque no era pan se comportaba como tal: significaba vida, actividad y riqueza. Significaba que alguien vendría a ofrecer un buen trueque por él.  Quizás, por ejemplo, una buena navaja de obsidiana. 


*Decreto 833 de 2002, Ley 397 de 1997, Artículos 63 y 72 de la Constitución Política Colombiana de 1991, Ley 163 de 1959 y Decreto Reglamentario 264 de 1963, Ley 36 de 1936, y Ley 14 de 1936.

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Amnesia colectiva

“La memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa”. Ray Loriga

 Por @lucianopelaez

¿Y si de golpe olvidarámos todo? Todos en algún momento nos desembarazamos de algún recuerdo: el fantasma de una pareja, una mala pasada de la vida, en fin. A veces es un acto consciente. Otras, simplemente sucede de forma involuntaria.

Para muchos la desmemoria, la imposibilidad de elaborar todo cuanto nos toca, es el símbolo de la contemporaneidad. Cierto o no, el autor Frédéric Beigbeder se aventura a plantear la amnesia colectiva como rasgo, incluso como sino de nuestro tiempo.

De eso va su más reciente obra, Una novela francesa, publicada hace pocos meses en español. Allí Beigbeder  (Francia, 1965. Reconocido expublicista y novelista), se embarca en la recapitulación  de su infancia, transcurrida entre 1965 y 1980. Pero el relato parte de la imposibilidad de recordar. Es una historia con sombras.

¿Y quién no las tiene? Me atrevo a pensar que el fondo del problema no se agota en la anécdota. Todos olvidamos por instinto, por necesidad. Muchos episodios de la vida quedan en la bruma. Incluso a veces, felizmente. En la caja negra de la mente. El sicoanálisis harto ha dicho al respecto.

La pregunta es: ¿quisiéramos recordarlo todo? Probablemente no. Insufrible sería un mundo en el que cada quien hiciera de Funes el memorioso. Por lo menos bastante laberíntico.

También está la contrapregunta: ¿nos gustaría olvidarlo todo? Probablemente no. En Cien años de soledad, al mal del insomnio le sigue el de la desmemoria. Así, los habitantes de Macondo empiezan a nombrar los objetos nuevamente. Porque el recuerdo se anida en la nominación, en la posibilidad de verbalizar. Lo que no se nombra no tiene entidad, dicen con mayor o menor fortuna diferentes corrientes de pensamiento. Pero al poco ya no pueden siquiera leer. En fin, Melquíades aparece y la historia sigue su curso…

¿Cuál es entonces el término medio entre recuerdo y olvido? Difícil saberlo. Tal vez a modo de catársis, de un tiempo para acá la sociedad vive una especie de confesionario público. La intimidad es expuesta sin pudor en redes sociales y realities, probablemente en un ingenuo intento de apresar cada paso de nuestra existencia. Incluso Saramago señalaba que cada persona debía escribir sus memorias. También me atrevo a pensar que a las redes sociales les sobrevendrá el mal de la desmemoria.

En cualquier caso la amnesia nos acecha. Los últimos siglos se han caracterizado por la velocidad. Por lo menos así lo ve Paul Virilio. Hay quienes lo llaman progreso. Pero escasamente alcanzamos a asimilar la información circundante. Es más, para algunos pensadores el ciudadano contemporáneo no es más que un analfabeta funcional.

Y en lo que a objetos respecta, todo es cuestión de almacenamiento: los ipods tienen memoria, las almohadas de espuma ergonómica. Los músculos, y un largo etcétera. Por si fuera poco, el alzheimer y demás enfermedades degenerativas van en aumento (al tiempo que sube la expectativa de vida). Hay quienes, de nuevo, lo llaman progreso. O sea, una suerte de alzheimer, no sólo orgánico sino social, ronda nuestro futuro, como un cuervo negro. Esto a pesar de experimentos de lifelogging en los cuales todo, absolutamente todo lo relativo al cuerpo quedaría registrado. Algo así como un backup humano en tiempo real.

En cuanto a Una novela francesa, es apenas natural que el relato sea por jirones (un poco como este post). De repente surgen fragmentos del pasado: el olor a resina en los bosques, los paseos con el abuelo, las peleas con el hermano. “Soñé durante toda mi infancia que no era sino un holograma como los que había visto en Disneylandia”.  Al fin de cuentas los recuerdos son así, imprevisibles. “Mi patria es la infancia”, dicen que dijo alguna vez Rilke.

Al hablar de los casettes que escuchaba de niño, sin darse mucha cuenta,  el narador vincula la difícil relación de sus padres divorciados. Casualidades de la vida, menciona canciones de The mammas and the pappas. Cada grabación borra la anterior, como la memoria. ¿Y quién no quiere reprimir los agujeros negros de la niñez? ¿Las desavenencias de los padres?

Por eso el olvido es funcional. En este caso, es el vehículo para paliar la agitación, la velocidad, el tráfago del final y comienzo de siglo.

Una historia que transcurre hacia finales de 2008. De la nada, una confesión: ¨ ¿acaso se me ha escapado la vida? Yo no la he visto pasar¨. A todos, en algún momento, nos asalta la misma inquietud.

Uno de los temores atávicos del Hombre es que su recuerdo se desvanezca en la posteridad. Que quienes lo sobrevivan no conserven su imagen, sus gestos, su presencia. Fernando Vallejo, en una exhibición de desapego, dice algo bello pero lapidario: “escribo para olvidar”. Yo agrego algo bastante más simple: escribo para recordar. 

                                                   ***

Con este post quiero comenzar algo que pretendo volver costumbre. Se trata de traer a otros  a este espacio para que hagan las veces de escritores invitados, y así darle refresco a los lectores a quienes supongo se les va hartando el gusto por leer siempre el mismo tono y ver siempre los mismos trucos. La visita podrá escribir de lo que quiera y cómo quiera, siempre y cuando demuestre gracia en juntar letras. De pasada me deshago también de la especie de autismo que se va generando cuando se escribe un blog como este, que aunque intenta hacer distancia de la confesión íntima, ciertamente tiene más de un ribete en primera persona.

Con la lectura anterior quedó presentado entonces @lucianopelaez, quien ni mucho menos es escritor novato porque ya ha sido publicado en medios de cierto prestigio. Los que lo siguen en Twitter saben que tiene todo lo divertido del temperamento rancio. Y  es buen amigo de esta casa desde tiempos anteriores a las redes sociales. 

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Amaneció hoy en el valle de La Ceja como si se hubiera inaugurado otra vez la Tierra.

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Amaneció hoy en el valle de La Ceja como si se hubiera inaugurado otra vez la Tierra.

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